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LA VIOLENCIA DEL GÉNERO: NUESTRA PSIQUIS Y LAS FORMAS DE SER “GENERADAS”

Circulan, tanto en el ámbito académico como cotidiano, varias formas de interpretar ciertos acontecimientos que nos rodean como sociedad. Son formas de explicar aquellas cosas que no entendemos, o que sí, y de las que deseamos conocer un poco más. 



Dentro de estas concepciones diversas, una posible es relacionar nuestras conductas con la formación de nuestro psiquismo: nuestro aspecto psicológico es un factor importante para intentar comprender nuestros actos, tanto los cotidianos como aquellos que nos toman por sorpresa.

En estos días -hace ya un tiempo- tan particulares, se ha hablado de varias temáticas, se ha dicho que la sociedad está más violenta, que la violencia doméstica es una problemática que actualmente nos conmociona, la violencia de género se hace presente también asociada a estos hechos como un titular y un concepto en el que hay que seguir profundizando y combatiendo sus consecuencias sociales.

Nuestro psiquismo, nuestro aspecto psicológico del ser, se va construyendo. Un poco proviene de nuestra biología, un poco de nuestro entorno y otro de nuestra personalidad, es decir: cómo nosotros logramos conjugar aquello que somos, aprendemos, vivimos y recibimos del entorno también. Es así que cada aspecto cobra mucha relevancia, pero sobre todo nuestro psiquismo se va estructurando al entrar en contacto con el medio, primero vamos conociendo el mundo como el entorno me lo va presentando, de allí la importancia de que la etapa vital de la niñez sea bien transitada, ya que allí se dibujan las bases o matriz de aprendizaje que luego me acompañarán en mi desarrollo en las próximas etapas.

El género es uno de los órdenes sociales que organiza nuestro psiquismo, ya que nuestra sociedad está organizada en lo que se denomina un sistema sexo/género, mediante el cual al nacer una persona en esta sociedad con determinado sexo biológico, se le asocian ciertas características esperadas para ella. En nuestra sociedad, se asocia sexo mujer con los rasgos de género femeninos, y sexo varón con rasgos de género masculinos, y estos implican conductas, que nuestra psiquis aprende y repite muchas veces sin ningún tipo de cuestionamiento ya desde nuestros primeros años de vida, es lo que el mundo nos enseña que somos, y es así que me convierto en un Varón socialmente aceptable o en una Mujer socialmente aceptable. 

Los invito a que piensen en un ser masculino y en uno femenino, y puedan lograr una imagen mental. Ahora pensemos por qué pensamos que ese ser es femenino o masculino, cuáles son sus características, o más sencillamente preguntarse ¿por qué soy varón? ¿Por qué soy mujer? 

Lo que sí debemos tener en cuenta entonces es que la categoría Género no es algo natural (es decir, intrínsecamente relacionado con la naturaleza humana), sino que es un concepto cultural naturalizado, son las características que una sociedad, dividida en géneros, le asigna a los sexos biológicos con los que nacen sus seres.

De todo esto nosotros/as aprendemos, nos formamos e imprimimos en nuestro psiquismo formas de ser, y SOY varón porque… o SOY mujer porque…, pero no olvidemos que esto es definido socialmente y que por tal es móvil, (aunque no lo parezca), podemos salirnos de estos lugares y habitar otros, sin dejar de ser YO, explorar hasta encontrar aquello con lo que mi ser se siente cómodo/a.

La polaridad de pensamiento nos lleva a que todo lo que nos rodea lo decodifiquemos en dos partes, en dos polos en donde ambos son excluyentes y al ser así uno de ellos es tenido como el bueno y otro el malo, uno el lindo y el otro el feo, uno el útil y el otro no, y así miles de etcéteras. Con el género sucede lo mismo, la masculinidad y sus rasgos (y por lo tanto los seres considerados masculinos) se encuentran dentro del polo con mayor valoración, y lo femenino (aquello que se asocia más a las mujeres) está en el polo desvalorizado. Esto sin duda trae diversos problemas a la hora de pensar que estas concepciones se trasforman en pensamientos y sentimientos con los que las personas debemos relacionarnos a nuestra interna y con el mundo. 

Un ejercicio breve para poder hacer más cotidiano este desarrollo conceptual: cuando un varón le dice a otro “no seas nena”, ¿qué le dice en realidad? Si sos nena, no sos nene y eso es malo, ¿ser nena es malo?, vaya, eso es algo que marca, se graba, y las mujeres vivimos con ese sentimiento de ser inferiores, que se confirma en el mundo cuando nos vinculamos, ese varón siente que es más que la nena, y eso ciertamente se lleva como idea y sentir. Las realidades son distintas para uno y otro polo, para uno y otro género. 

Cuando un varón siente como propiedad a una mujer (su mujer), la trata como propiedad, sin duda la calidad de sujeto aquí se pierde en menor o mayor medida y eso puede colaborar a que se desencadenen situaciones de tinte violento, ya que un polo detenta mayor poder que otro. Aquí es donde la violencia se basa en el género para ejercerse, ya que el otro/a es un ser inferior a mí, por “naturaleza” me pertenece y yo actúo como si ese sujeto fuera un objeto, mi objeto, y por tanto imprimo en él/ella todos mis miedos y deseos sin medir los del otro/a.

Quizás estas categorías, en un principio hayan sido convenientes para la organización social, quizás en algún momento de la historia era necesario, o se pensaba así desde lugares de poder, pero en la actualidad están trayendo graves consecuencias: inequidad, vínculos violentos, abusos de supuestos poderes, mala calidad de vida, peor salud. ¿Y si cambiamos los conceptos? ¿Y si los tomamos como conceptos pero no dejamos que nos limiten tanto? ¿Y si dejamos más lugar al ser?

Josefina Melgar López
Lic en Psicologia, Terapeuta y Educadora Sexual

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