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MIEDOS Y ZONAS DE CONFORT

El miedo a los cambios es algo que nos ocurre a casi todos los seres humanos, porque el no saber qué va a suceder, cómo van a ser las cosas después de un cambio, muchas veces nos asusta tanto que preferimos no intentarlo y nos alejamos de los movimientos que puedan producirlos. Como consecuencia nos encerramos en un mundo monótono que nos aleja de los aspectos positivos que tienen los cambios.


La manera en que enfrentamos nuestra vida y sus movimientos está relacionada con muchos aspectos de nuestra persona y personalidad. Si lo pensamos, los cambios son hechos que suceden tanto en el mundo interior como exterior, cosas que pasan, las cuales no dependen enteramente de nuestra persona, y no podemos por tanto ejercer mucho control sobre lo que pasa, pero pasa y ahí es donde tenemos más poder de control, en el cómo los enfrentamos. 

El cómo reaccionamos frente a un cambio va a estar influido por varios aspectos: las circunstancias del hecho sucedido, nuestro entorno, la situación en la que nos encontramos como para hacer frente a este cambio, la manera en que se nos ha enseñado a afrontar la vida, la educación que recibimos, nuestras características personales y psíquicas, etc.

El miedo es una de las emociones que puede despertarse frente a la vivencia de un cambio, y aparece cuando sentimos que lo que está sucediendo no lo conocemos o no se asemeja a lo que hemos vivido en ocasiones anteriores y no sabemos cómo reaccionar ni cómo manejar la situación, se vuelve tan impredecible que podemos sentir que se nos va de control y así nuestro mundo puede pasar a ser amenazante. Generamos todo tipo de formas de manejar la situación que produce este miedo, muchas veces nos defendemos de maneras bastante singulares, desde replegarnos y alejarnos, hasta sentir un miedo extremo e irracional donde trasladamos el objeto de miedo a un objeto cualquiera, y aquí aparecen por ejemplo, las fobias.

El miedo a lo desconocido, cuando no es enfrentado, nos puede dejar estancados en lo que se conoce como “zona de confort”. A medida que vamos viviendo, vamos acumulando experiencias, y es así que cuando debemos actuar frente a determinadas situaciones, recurrimos a esa base de información de experiencias acumuladas para poder enfrentar cada nueva cosa que nos sucede. Y estas experiencias que tenemos registradas nos van a guiar a resolver como hemos resuelto anteriormente situaciones similares, y así cada vez. Solo que en algún momento puede que esto no sea suficiente, que la situación nos supere y no encontremos nada que nos sea útil en ese caudal de experiencias. Es aquí donde se encuentra la zona de confort, aquel lugar donde nos sentimos cómodos, donde nos sentimos seguros, creyendo saber exactamente cómo va a suceder todo lo que ya dominamos.

La “zona de confort” no es exactamente cómoda en el sentido estricto de la palabra, no estamos muchas veces en un lugar acogedor y tranquilo, sino que a veces esa zona es caótica, hostil, el daño es constante, a veces es un lugar donde no podemos encontrarnos con nuestro verdadero potencial, pero aun así es lo que conocemos, y como tal, no vemos o no podemos ver mejores formas de reacción que sean más beneficiosas y nos ayuden a sacar lo mejor de nosotros. Afuera está lo desconocido, y ahí aparecen los miedos, cuando nos planteamos salir o debemos hacerlo por circunstancias externas que lo requieren.

En realidad, las crisis y los cambios, pueden y suelen ser una oportunidad de crecimiento, si logramos aprovechar la situación para aprender a mirar distinto lo que nos provoca miedo enfrentar. La zona de confort no es algo que debamos abandonar e irnos al otro extremo y vivir en un mundo sin ninguna seguridad, pero una persona puede explorar fuera pudiendo volver si le es necesario, o ampliar su zona si encuentra fuera de ella cosas que quiera sumar. 

Cuando la seguridad interior la basamos en el exterior, en el mundo que nos rodea, nuestra vida puede volverse un tanto inestable, ya que el mundo actual es un mundo muy cambiante y vertiginoso, suele ser muy exigente y nos puede agotar mental y emocionalmente si pretendemos seguirle el ritmo. Sin embargo, podemos apostar a reforzar nuestra seguridad interior, y esto se logra mucha veces conociéndonos, aceptándonos, contactándonos con todo nuestro ser, con lo que admiramos y con lo que no tanto, si rechazamos una parte nuestra, indefectiblemente de alguna manera lo rechazado va a volver a nuestra vida quizás resultando más complicadas de enfrentar. Construir nuestra seguridad en bases sólidas, donde podamos apoyarnos, nos va a permitir salir sin miedo a explorar más allá de mi zona de confort, puedo lograr así enriquecer mi vida.

Para algunos será estudiar, conocer nuevos idiomas, nuevas personas, danzas, arte, viajes, libros, vínculos, amor, amistad, construir nuevas formas de vincularse, cambiar modos de hacer cotidianos,etc. Animarse a sumar a su vida sabiendo que podemos hacernos cargo porque estamos seguros de nosotros mismos. La libertad se vivencia a medida que despertamos a la vida.

Josefina Melgar López
Lic en Psicologia, Terapeuta y Educadora Sexual

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