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A LA ORILLA DEL SILENCIO

Próximamente será presentado en Minas, y diferentes localidades de nuestro departamento, el libro “A la Orilla del Silencio” (Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos) de Jorge Basilago y Guillermo Pellegrino. Compartimos con ustedes un adelanto exclusivo para Arequita Digital, de fragmentos del texto, seleccionados por los autores.



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Pero, aunque la difusión radial y sus primeras grabaciones contribuyeron a instalar su nombre entre el público montevideano, esto no alteró sus prioridades artísticas. Dentro de su entorno más cercano, nadie tenía dudas de que uno de sus principales intereses -si no el principal- continuaba siendo la poesía. Por eso su ex cuñado, Asdrúbal, con quien mantuvo una relación cercana a pesar del divorcio con Imasul, no dudó en avisarle de un certamen poético nacional organizado por la Asociación Patriótica de Lavalleja. Ese año se cumplía el centenario de la muerte del líder de los 33 Orientales, y la finalidad del concurso era honrar su memoria en verso.

A pesar del aliento de Asdrúbal y de otras amistades conscientes de su talento y posibilidades, Osiris demoró un buen tiempo en tomar la decisión de participar en aquella convocatoria. “Lo jorobamos bastante para que se presentara”, cuenta Julián Zina, quien recuerda también las reiteradas negativas de su amigo y su forzada rendición final, cuando la insistencia del resto pudo más.

Tal vez a causa de esa frágil voluntad -autoimpuesta “para que me dejen tranquilo”, según el mismo admitía-, su trabajo sobre el poema avanzó lentamente, con más torpeza de lo habitual. Mientras la fecha de entrega se aproximaba, él seguía estancado, rumiando cada estrofa una y otra vez, sin poder cerrar el texto de manera definitiva. Fastidiado por las desconcentraciones se quejaba de casi todo, en especial del “parloteo” incesante de Esther, la madre de Margot, con quien compartía techo. Hasta que no soportó más demoras y decidió concluir la obra a como diera lugar: un buen día se encerró en el baño del departamento y no salió de allí hasta que le estampó el punto final. Con el tiempo justo, Zina pasó a máquina el manuscrito y lo remitieron en un sobre rumbo a Minas, con moderada expectativa por parte del autor. El Romance para el General Lavalleja comenzaba a escribir su propia historia.

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Desde aquella ciudad, patria chica del prócer, Osiris pronto recibió la confirmación de que su esfuerzo había valido la pena. Pocas semanas después de entregar el trabajo, llegó a sus manos un telegrama que le anunciaba la obtención de la medalla de oro del certamen, primer premio compartido con Luis Alberto Zeballos. En el mismo mensaje se lo invitaba, como a otros poetas galardonados, a la serie de homenajes que comenzaría en Minas el 22 de octubre, fecha exacta de la muerte de Juan Antonio Lavalleja. Aunque la jornada principal sería el domingo 25, dentro de cuyo marco se realizaría también la ceremonia de premiación del concurso poético, donde los artistas tendrían la posibilidad de recitar sus versos ante el público.

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Entusiasmados por el reconocimiento pese a todo, Margot, Esther, Julián y Asdrúbal quisieron acompañar a Osiris a la premiación. Pero cerca de fin de mes, y de fin de año, el dinero no sobraba. A decir verdad, ni siquiera alcanzaba: contaban con una cantidad que cubría el viaje de ida, pero -según el recuerdo de Zina- era insuficiente para el regreso. De todas formas decidieron aventurarse, sólo por estar junto a él en aquel momento. Viajaron en tren y, desde la estación de Minas, se fueron caminando hasta la plaza Libertad, donde se había montado el escenario para la ceremonia.

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Varias cuadras antes de llegar a destino, el poeta y sus amistades se detuvieron ante un vallado militar. Era la custodia de algunos integrantes de la plana mayor del Consejo Nacional de Gobierno, presentes en el evento. Como responsable del operativo de seguridad, según el recuerdo de Zina, estaba el general Oscar Gestido, quien permaneció a unos metros de distancia del grupo, mientras uno de sus hombres comenzaba el interrogatorio de rutina. “¿Nombre?”, preguntó el soldado. “Soy Osiris Rodríguez Castillos, yo gané el primer...”, intentó articular el interrogado. Gestido, que estaba cerca y al parecer alcanzó a oír la telegráfica conversación, no lo dejó terminar. Al escuchar ese nombre, que los organizadores del concurso seguramente le habían informado de antemano, se acercó y le franqueó de inmediato la entrada, a él y a sus acompañantes.

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Al promediar el recitado, el público había enmudecido por completo. El desflecado murmullo del comienzo, tejido al vaivén de la interpretación de Osiris, era ahora un único y enorme manto de quietud. “Fue como estar en un bosque solitario”, pinta Zina con el pincel de la evocación. Pero cuando concluyó, la multitud estalló en fervorosos aplausos. En poco más de cinco minutos había galopado de la desconfianza a la ovación, montado sobre casi un centenar de briosos versos. “(...) Juan Antonio Lavalleja! / Rumbo de la gauchería / jefe de los tupamaros / dueño de la luna niña / flor de mi raza estrellera! / Metal heroico de Minas!”.

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