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OSIRIS EN CARMELO: SUEÑOS A RAS DE AGUA

Jorge Basilago y Guillermo Pellegrino, autores del libro “A la orilla del silencio. (Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos)”, en el tercer adelanto exclusivo de la obra para Arequita Digital, se refieren a la etapa en la que Osiris Rodríguez Castillos vivió en la ciudad de Carmelo.



[…] El nacimiento de su hijo en Carmelo cambió muchas cosas para Osiris, pero no esa distancia que mantenía con la ciudad, sus costumbres y su gente. A tal punto que muchos de sus vecinos ni siquiera sabían que llevaba un buen tiempo radicado en Montevideo. A diferencia de otros lugares y regiones en las que vivió o estuvo de paso a lo largo de su vida, de esta ciudad del departamento de Colonia casi no quedaron referencias en su obra. Tan solo aparecen algunos trazos que la dibujan, sin nombrarla, en dos poemas: Blas Ardao el bagayero y en un fragmento de La última frontera.

Carmelo se intuye de principio a fin en el primero de ellos. Allí están los montes y las costas, los ríos y arroyos que circundan a la ciudad, los camalotes y esas delgadas sombras que, a remo y cargadas de bagayos, construyen sueños a ras de agua, entre dos orillas. Y en el centro del paisaje, una historia de amor frustrada por la tragedia.

Blas Ardao tenía una novia
fruto de un rancho muy pobre,
casi aripuca, nacido
mismo en las barbas del monte.

[…]

Blas, luchaba todavía;
nadó mucho!
              Casi sobre
la costa, rayando el alba,
se dejó hundir con un nombre
de mujer entre los labios:

“Adiós… Flor Celeste Gómez!”.

A los pies de Flor Celeste
llegó un vestido esa noche…
Se lo trajo el Uruguay,
padrino de sus amores…

[…]

La historia de Blas Ardao aparecería en el libro Cantos del norte y del sur, editado en 1963, quince años después de cerrada la etapa carmelitana en la vida de Osiris. Allí, el autor lo define como un “poema del sudoeste”, dato que permite situarlo -sin mucho margen de error- en Carmelo o sus zonas aledañas.

Por cierto, las historias de contrabandistas eran a aquella región lo que los relatos de piratas al mar Caribe. Pero su refugio no se encontraba en la isla Tortuga, sino en la isla Juncal. A medio camino entre las costas uruguayas y argentinas, era una escala muchas veces necesaria para ocultarse de las autoridades o reponer energías. También solía convertirse en zona de tránsito obligado para muchos inmigrantes indocumentados, que llegaban por montones huyendo de las guerras europeas. O para fugitivos de diversa laya que cruzaban la frontera hacia uno u otro lado.

Justo en el sitio en que la frondosa vegetación de la isla se alivianaba un tanto, había crecido un rancho modesto, parado sobre pilotes de madera, como es usual para evitar las crecientes. En él vivía Julia Lafranconi, sin más compañía que dos sobrinas, algunos perros y un fusil Remington que manejaba mejor que muchos hombres. Mujer firme, pero cálida cuando alguien -muy raras veces- se ganaba su confianza. De mirada más locuaz que sus labios. En todo lo referido al contrabando, doña Julia decidía qué, quién, cómo y en qué momento atravesaba su isla. Sus lazos políticos se hicieron leyenda a costa de franquearle el paso a cualquier cargamento que contara con su aval. Hay quienes afirman que hasta el presidente Luis Batlle consideró estratégica su amistad, en los años cuarenta y cincuenta, para frenar la expansión argentina en el delta.

Hasta la Juncal se aventuraban también los adolescentes y jóvenes con ganas de probar sus aptitudes para la natación o el remo. Así, casi jugando, fue como Osiris llegó por primera vez a ese lugar. Y se relacionó con los contrabandistas de Carmelo, al igual que antes lo había hecho con los de la frontera norte. Ese oficio, habitual para muchos hombres de zonas fronterizas, hasta gozaba de cierto prestigio. “En Uruguay -por algo será- desde Artigas, que lo fue en su juventud en medio del dominio español, hasta los capitanes de Saravia, todo hombre de campo sin destino que se autorespeta [sic], antes que milico se hace contrabandista”, se justificó mucho después.

Convencido de que no servía para peón -“Nunca pude soportar que me mandara nadie”, argumentaba- y de que le faltaba recorrer un largo camino hasta llegar a ser poeta, Osiris pensó que la clandestinidad no estaba del todo mal. Por lo menos como alternativa transitoria: “Yo me dediqué al contrabando en esos años, tanto en la frontera norte como en el sur. He contrabandeado ganado, y también lo de todos los días en la frontera: yerba, tabaco, caña, azúcar… cosas de primera necesidad. En realidad, en ese sentido, no era nada original. Lo que daba para vivir, mantenerse libre y en movimiento, para no tener que depender de nadie”, admitió. 
[…]

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