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OSIRIS: LA INFANCIA EN SARANDÍ DEL YI

Jorge Basilago y Guillermo Pellegrino, autores del libro “A la orilla del silencio. (Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos)”, comparten en forma exclusiva con Arequita Digital el segundo adelanto de la obra. En este caso, el anticipo se centra en la infancia de Osiris vivida en Sarandí del Yi. 


La ilustración fue realizada por Osiris y representa el camino hacia la escuela 
a la que asistía por entonces, conocida como “la de las Chacras”.

[…] Ya por esos años ávido lector, empezó a descubrirse poeta durante la infancia, cuando todavía no llegaba al cuarto año de primaria. “El primer poema que escribí fue una canción para mi río”, contó años más tarde en la ya citada entrevista de Guambia. Aunque ese texto no tiene relación con el conocido Canción para mi río, escrito tiempo después y publicado en el libro Grillo nochero, puede quizás haber sido el borrador que le dio origen. Sin nombrarlo más que en la dedicatoria, en esas famosas décimas el Yi brota, cristalino y reconocible, desde su mirada niña hasta la pluma madura del artista:

El río, rumbo que canta
fue mi maestro primero;
junto a su espejo viajero
creció indígena mi planta;
él me puso en la garganta
las voces elementales
cuando en tardes estivales
pasaba verde su canto,
como un torrente del llanto
vertido por los sauzales.
[…]

[…]
Su reservada y casi mística comunión con el río no se rompía ni siquiera cuando lo acompañaba algún amigo, de los pocos que supo cultivar por allí. “Osiris no tuvo muchos amigos en Sarandí. Yo le servía porque era como su peoncito, un ayudante que tenía cierta dependencia de él. Pero llegamos a hacer una especie de amistad. Como yo fui hijo de maestra, en vez de salir con los muchachos a jugar a las bolitas, tenía que ser sabihondo: por eso me apasionaba hablar con él de las cosas del campo, de la patria, de todo lo que sabía”, refrenda Artigas Almandoz, a quien Osiris —poco más de cuatro años mayor— rebautizó como Coco para siempre y para todos.
[…]

Almandoz también asegura que su amigo había construido por esos días una canoa de madera, con la que remontaba el río de vez en cuando. Pero jamás lo llevó con él en esos recorridos, quizás a causa de la diferencia de edad. Uno de sus habituales laderos para esa clase de aventuras y para las mojarreadas era Juan Carlos Pereyra, quien lo describe siempre “carburando”, urdiendo en su mente quién sabe qué aventuras, rimas o acordes. Las jornadas de pesca compartidas tenían, casi siempre, una estructura similar: se encontraban a la salida de la escuela y, luego del pedido de algunos vintenes a sus padres, hacían una pasada por la panadería La Mecánica —ubicada en bulevar Pereira, entre Rincón e Ituzaingó—, propiedad de Alberto el Vasco Almandoz, donde se aprovisionaban de bizcochos que los ayudarían a pasar la tarde. Aunque más de una vez Osiris lanzaba parte de la merienda al agua, tentado de observar los reflejos que el sol del crepúsculo le arrancaba al remolino de mojarras en lucha por las migajas. Según Pereyra, ese paisaje y las experiencias vividas en él inspiraron también Gurí pescador, otro clásico tema de Osiris. En definitiva, eso eran los dos muchachitos a la vera del Yi:

Hay un reino bajo el agua
-un sauce me lo contó-
donde el Pejerrey escucha
y canta el Bagre Cantor...
En la taipa de un azude
yo vi un gurí pescador
que confundiendo las piavas
les cantaba esta canción:
“Tararira, 
tararira,
qué arisca y sabia que estás,
Anzuelo que cae al agua,
mojarra que te llevás…
[…]
Y yo, que crecí en silencio
bajo los sauces del Yi,
cobrizo de soles largos
comprendo bien al gurí…
[…]

El río, y casi en igual medida los montes cercanos, no tenían secretos para él. E iniciaron su educación en aquel asunto que desde las aulas apenas se divisa: el teatro a veces cruel y despiadado, siempre fascinante, de la vida misma. Una puesta de soledades y penas que se enhebran en la escenografía natural como la que describe justamente El montaraz, poema que se hizo canción por primera vez en 1965, en su tercer disco.

Pero la historia detrás de esa obra se conoció un buen tiempo después. Fue en diciembre de 1978, durante un concierto en el Teatro del Notariado. Osiris, aquella noche, reveló detalles ignorados de varias de sus composiciones más conocidas. Entre ellas El montaraz, que, según dijo, fue escrita para un amigo suyo, hachero de oficio y Berón de apellido. “Era un mestizo, con mucha sangre india”, lo describió. “Un hombre casi árbol. De lejos le escuchaba yo el latido del hacha entre el monte y lo iba a visitar”.

[...]
Por el húmedo verde sombrío,
la arena del río
y el sarandisal,
he dejado mi huella perdida,
costeando la vida
monteando un pesar…
Me conocen, el hondo sendero
que nunca el lucero
descubre al pasar,
y el gran sauce que llora el crecido
silencio, nacido
de su soledad…
[…]

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