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EL PULSO DE LA VIDA

Ansiedad, depresión, problemas de conducta, dificultades al vincularse, ataques de pánico, todas palabras que en estos años seguro hemos escuchado como respuesta a ciertas conductas que necesitan una explicación.



Tomarnos ciertos tiempos para reflexionar, replantearnos nuestro accionar cotidiano, repensarnos en el mundo y con el mundo parece ser bastante difícil de lograr en tiempos actuales. El mundo se mueve de manera vertiginosa y no seguirle el ritmo parece tener sus consecuencias, pero también las tiene seguir ese ritmo de vida veloz, cambiante, inestable, caótico. Es así que en los últimos años con seguridad hemos escuchado estas palabras (depresión, ansiedad, pánico, dificultades de aprendizaje, dificultades vinculares), que dan cuenta de trastornos relacionados con nuestra salud a los que hay que atender, tratar y de alguna forma convivir con ellos para que la vida tenga una continuidad lo más armoniosa posible. Estos trastornos, mas allá de tener cada cual sus características y tratamiento, también están dando cuenta de que nuestra psiquis se siente incómoda con algunos aspectos internos de nuestro ser o que nuestro interior no es del todo compatible con el mundo que nos rodea. 

Es así que nos parece una vida la cola del supermercado, que la carretera está llena de gente lenta y que debemos apurarnos para llegar a destino, que salir a comer nos puede generar malestares si el servicio demora más de unos minutos, que si no tengo una respuesta inmediata mi paciencia es puesta a prueba y puedo reaccionar de manera explosiva. Por supuesto que dichas cosas nos van enfermando, vivir en un constante estado toxico, tanto externo como interno, genera en ambos mundos (que se mencionan como dos pero es uno) consecuencias negativas para nuestra salud. 

Estudiantes que no entienden, que no logran seguir un ritmo, que no “aprenden” lo que se les enseña, que son lentos, o que no se comportan, por lo tanto han de ser tratados para que se ajusten a la forma que han de funcionar, estudiantes medicados por doquier en pos de un ambiente manejable y estructurado de manera única. 

Vínculos que se convierten en demandantes, exigentes, que son fuente de nuestra descarga de frustraciones, vínculos cargados de ira contenida en nuestro interior, pero que han de ser depositarios impestivamente y sin mediación alguna de todo aquello que me fastidia, enoja, frustra, me da ansiedad en el mundo, vínculos poco constructivos y más bien destructivos nos rodean en nuestra cotidianidad. 

Bajo algunos de estos aspectos accionamos en nuestro día a día, de alguna forma funcionamos, vamos de aquí para allá sin detenernos, sin frenar y escucharnos, detenernos a replantearnos si es así que deseamos llevar nuestra vida. Las exigencias del mundo no esperan, y hemos de tomar decisiones rápidas, efectivas, mágicas, y todo ello bajo esta presión de no equivocarnos, no hay tiempo para los errores. 

Sin dudas puede ser muy desgastante, y lo es, surgiendo así como respuesta de nuestro cuerpo, y hasta socialmente, las diferentes patologías antes mencionadas y muchas otras más. Cada época ha tenido sus “andancios”, aquella patología que vehiculiza de alguna forma todo aquello no expresado en otra forma más sana para las personas. 

Nos deprimimos sin más porque no podemos resolver de otra forma nuestros conflictos, y todo ello sin negar que cada patología tiene componentes biológicos que muchas veces son el desencadenante de la misma, pero si teniendo en cuenta que nuestra psiquis tan estrechamente relacionada con nuestro cuerpo, también da respuesta a nuestros procesos de enfermedad. 

La ansiedad surgida de los miedos, de la necesidad de llenar y la poca capacidad de espera que hemos generado en estos últimos tiempos, no podemos pensar en forma de procesos, en devenires tranquilos y a sus tiempos, porque nos mueve la inmediatez de que la vida es ya y sino no es. Ansiamos empezar algo para terminarlo cuanto antes, ansiamos que todo suceda en un cuando inmediato, y nos olvidamos que las formas y los tiempos no son externos sino también internos, para muchas cosas no estamos tan preparados/as y de todas formas nos lanzamos sin más. 

El daño emocional que las frustraciones nos generan es complejo de elaborar, el sentir que no se cumple con lo esperado, con los tiempos impuestos (¿por quién? me pregunto) para tener ciertos logros necesarios para ser feliz, la culpa de no ser apto/a para esta vida sin dudas nos lastima.

El pulso de la vida es una mezcla de tiempos internos y demandas externas que podemos ser capaces de elaborar en tanto aprendamos desde nuestra infancia a resolver de manera sana nuestros conflictos, es una relación que ha de existir, por lo cual sería positivo ejercitarnos para responder emocionalmente sin ser autodestructivos.

Josefina Melgar López
Lic en Psicologia, Terapeuta y Educadora Sexual

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