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MARIO DELGADO APARAÍN, EL ENCANTADOR DE PALABRAS

Mario Delgado Aparaín volvió a Minas. Es que en realidad, nunca se ha ido. Y volvió con uno de sus hijos literarios, “La balada de Johnny Sosa”, al Teatro Lavalleja, en el ciclo “Libros en el escenario”, promovido por la Dirección de Cultura de la IDL.



Resumir en pocas palabras cada exposición del querido escritor es tarea imposible. Además, conlleva dejar afuera algunas de sus reflexiones, de sus comentarios jugosos, de esos que dejan pensando a quien lo está escuchando. Mario capta la atención a través de un discurso donde cada palabra tiene un por qué, una justificación que sostiene su presencia.

“Volver a Minas es volver a las raíces, no tengo tantas oportunidades de revivir mi existencia aquí en Minas, cada vez que vengo me emociono, me siento extraño, además es un reencuentro con viejos amigos, y por supuesto que los años pasan de un modo temible y algunos ya no están”, dijo al retornar a la ciudad donde el oriundo de La Macana, departamento de Florida, vivió una parte intensa de su vida.

Y volver al Teatro Lavalleja es una carga muy fuerte para Mario, en esta ciudad “donde han surgido figuras como Juan José Morosoli, uno de los mejores escritores de las tres Américas, un referente continental”.

“He dejado la vida en eso. Son mi vida. Me han justificado la vida”, dijo al preguntársele por los libros que ha escrito y que lo han hecho reconocido en el país y fuera de fronteras.

Y volver a hablar de Johnny Sosa es posicionarnos imaginariamente en Mosquitos, ese pueblo, esa escenografía donde los personajes creados por Delgado Aparaín viven sus vidas, que tiene algo de La Macana, de Sarandí del Yi, de Caraguatá, de Solís de Mataojo y otro tanto de Minas, idiosincrasias, forma de encarar el día a día que hicieron que el escritor sienta a Mosquitos como “a ese pueblito que me resulta creíble, verosímil, hecho retazos de mis tierras”.

Nítidas y a la vez sutiles señas hacia el período dictatorial que sufría el país mientras Johnny Sosa y sus baladas se empecinaban a que la música era lo suyo. Para su creador, Johnny “es un perdedor que se niega a perder, a perder la dignidad”, y que eso fue precisamente “lo que lo hizo valer, el poder trasmitir un valor, la fidelidad a sí mismo”. El libro fue traducido en once idiomas, “algo que yo nunca me lo propuse”, señala Mario entre asombrado y orgulloso por lo logrado a través de su pluma. 

“No me canso de decir que la enfermedad mayor de nuestra época no es ni el sida, ni el cáncer, es la crisis de autoestima, que es quererse poco o nada a sí mismo, por suponer que no tenemos dentro algo digno de ser querido”, dijo con tanta convicción como la fluidez y calidez con que hilvana su conversación.

“Me siento muy afortunado. ¿Qué más le puedo pedir a la vida que me recuerden por lo que soy. Nada de obras monumentales, ni autoengaños, ni cosas por el estilo… Es eso, recordarnos entre nosotros. Les agradezco de todo corazón”, manifestó, visiblemente emocionado, Mario Delgado Aparaín, el querido escritor que siempre está volviendo.

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