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APARICIO, APARICIO, TE ESTOY BUSCANDO

Aparicio Saravia más allá de los libros y los historiadores: a través de la Prof. Mariela Saravia (bisnieta del caudillo), accedimos a la palabra de Cándida “Canducha” Saravia, hija de Nepomuceno, nieta del General.



Como descendientes de Aparicio Saravia, Cándida y Mariela coinciden en la responsabilidad que les atañe como difusoras de sus rasgos característicos, de su verdadera personalidad. “Sinceramente me duele mucho que Aparicio sea tomado como patrimonio de un partido político. Lo mismo que pasa con Oribe, con Leandro Gómez. Son nuestros, de todos, las figuras no se pueden compartimentar de ninguna manera. Pero estamos muy lejos de eso, tal vez los jóvenes puedan lograrlo en algún momento”, confió Cándida.

Su nieta resalta su compromiso “por la justicia, por la democracia y por los más desvalidos”, recordando que Aparicio tuvo una destacada participación en la Revolución federalista riograndense (1893), junto a su hermano Gumercindo. “Ahí Aparicio llevó a mi padre (Nepomuceno), que tenía tan solo nueve años de edad”, prosiguió Cándida. Con el tiempo, sostiene, su padre fue uno de los puntales más cercanos de Aparicio, “sin quitarle méritos a los demás, por supuesto”, ya que fue el único en ser jefe de división (la Novena, en este caso).

Y hablar de Aparicio conduce indisolublemente a hablar de su esposa, de la compañera que lo apoyó incondicionalmente, que cobijó sus ideales, Cándida Díaz. “¡Qué compañera tuvo! ¿Qué madre soporta que tu compañero, por mucho que lo idealices -porque se ve que lo amaba profundamente- se lleve los hijos y esperar en la soledad de ‘El Cordobés’ el regreso, con toda la incertidumbre de si lo habría o no?”.

Coraje y buen humor
“Mi padre siempre nos transmitió que Aparicio era muy cariñoso, muy protector de sus hijos, compañero con su esposa, un padre atento. Esa es la versión que nos llegó directamente a nosotros y es algo que, de algún modo, también está escrito, porque él decía que ‘no era un general sino un vecino alzado, como cualquiera de ustedes, un hermano mayor que los quiere guiar’”.

Mariela aportó al respecto que a sus soldados, “los consideraba como de su familia” y si bien “tenía su coraje, momentos en los cuales arremeter, tuvo también una personalidad tremendamente cariñosa”.

Cándida retoma la charla para hacernos saber que Aparicio “tenía muy buen humor y una carcajada muy franca, contagiosa, característica”. En su opinión “no existe la inteligencia sin humor”, porque “¿cómo se calibra la inteligencia de una persona? Con facilidad de palabras, de repente se puede engañar, pero el sentido del humor es fundamental como muestra de inteligencia y en ese sentido es evidente que Aparicio fue muy inteligente”, aseveró.

“Aparicio era blanco, no del Partido Nacional”
Según nos comentaron, y así también queda estampado en los libros, Aparicio no tuvo formación militar específica. En ese aspecto, Cándida contó que “nunca quiso que el Directorio del Partido Nacional lo nombrara General sino que lo hiciera su propia gente, el pueblo”.

Nos aclaró enfáticamente que Aparicio “era blanco, no del Partido Nacional” y que esa diferencia “siempre la tuve clara”, lo que a su modo de ver justifica los enfrentamientos de su abuelo con el Directorio del Partido Nacional.

En su lucha, Aparicio debió sobrellevar situaciones límite como la vivida en relación a lo sucedido con Antonio Floricio “Chiquito” Saravia, en noviembre de 1896. “A partir de ese momento se vivió una interna familiar muy fuerte”, señaló Cándida, ya que Aparicio reprendió severamente a “Chiquito” luego del episodio en que se prende fuego a la casa de Justino Muniz, provocando de esa forma la muerte de su hijo, Segundo.

“Fue una acción de la División de ‘Chiquito’. Se emborracharon, comenzó una balacera y todo fue muy rápido. Cuando se enteró Aparicio lo llamó a ‘Chiquito’. Le preguntó si había sido su gente la que había hecho esa barbaridad. Respondió que había sido un grupo y Aparicio le respondió que él era el responsable. Eran tremendamente unidos, uno con el otro eran una sola persona. Fue tremendo. Enseguida se dio la carga de Arbolito, donde fueron 30 contra 2000, una inmolación, donde murió ‘Chiquito’”, añadió Cándida.

En cuanto a la relación de Aparicio con el poder, se trajo al presente un hecho que pinta a Aparicio de cuerpo entero y que está reflejado en textos de historia. “Cuestas (Juan Lindolfo) invitó a Aparicio a ir a Casa de Gobierno pero no aceptó. Decía que si iba a hablar con el Presidente tenía que subir al segundo piso y sentía miedo de que lo mareara la altura”. La anécdota sirve para cimentar la reflexión de Cándida. “Era tan diferente a lo que ve ahora, donde todos buscan trepar y trepar, con un ego tremendo. Aparicio planteaba la horizontalidad con sus iguales (‘Soy el hermano mayor y nada más’, decía). Nunca sacó réditos personales de la posición que ocupaba. De nuestra parte, llevamos el apellido; poder político no tenemos y ni se nos pasa por la cabeza tenerlo”, aclaró.

Viniendo más acá en el tiempo, y relacionado también con el poder. Cándida nos contó que su padre, Nepomuceno Saravia, y su grupo, se opusieron tenazmente a la dictadura de Gabriel Terra (1933-1938). “De ahí surgió la enemistad con Luis Alberto de Herrera. Hubo mucha relación hasta esa revuelta, cuando se fueron a armar a Brasil. Herrera los delató y “Papito” (Nepomuceno Saravia) terminó preso. Por eso tengo conflictos con muchas cosas”, relató Cándida.

La etapa minuana
Los padres de Cándida se casaron teniendo una gran diferencia de edad. Nepomuceno Saravia tenía 40 años más que su segunda esposa. “Mi madre era menor que los hijos de mi padre en su primer matrimonio e igualmente fue una gran referente para todos ellos”, aseguró Cándida Saravia. Sobre su padre destacó también que “cuidó muchísimo la unión de sus hijos, los cuales fueron en su mayoría profesionales, personas formadas, que lo rodearon todo el tiempo”.

La familia vivió primero en Cerro Largo, luego en Florida y llegó a Minas por los problemas de salud de Nepomuceno. “Nuestra casa era un centro de reunión de todos los hijos, los nietos, papito era muy cariñoso. En mi caso tuve polio cuando tenía cinco años y fui sobreprotegida. Era la princesita de ojos azules, a la que le traían el cielo si lo pedía”, resaltó sobre su infancia.

Al hablar de su padre, obviamente, reconoce que prima la subjetividad. “Nadie puede ser objetivo al referirse a sus padres”, acota, “ni para calibrar la grandeza que pueden tener, ni para valorar la historia que había detrás. Es la voz de la sangre que se trasunta de generación en generación”.

Cándida recordó la predilección de su padre por el cine y las matinée compartidas. “Un día fuimos a ver “¡Viva Zapata!”… recuerdo que mi padre decía que la lucha de Emilio Zapata era muy parecida a la nuestra y que le recordaba a la figura de Aparicio. Ese carisma no existe ahora. No he visto a nadie con esa condición, a nadie se identifica como a una persona a la cual seguir por convicción”, reflexionó Cándida.

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