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ABEL SORIA, MEMORIAS, QUERENCIAS Y OTRAS YERBAS

Ayer se produjo el deceso de Abel Soria, escritor y payador humorístico uruguayo nacido en Los Cerrillos, Canelones, el 26 de enero de 1936. Con su particular estilo, una par de años atrás, había presentado en el Centro Cultural La Casa Encantada una muestra plástica y dos de sus libros, con una jugosa charla que en su memoria compartimos con nuestros lectores.



Afuera llovía con insistencia, mientras mayo empezaba a despedirse. Puertas adentro, una voz y su impronta se adueñó de la atención de todos, con una dicción y una rigurosidad tan admirable como la memoria del disertante.

Conceptos claros, ejemplos oportunos y gráficos, citas textuales de autores marcaron la excelente charla. La querencia, la infancia (“la patria del hombre”), la magia de pintar la aldea, las chacras de Los Cerrillos, su tierra natal, fueron algunos de los temas que desfilaron en un relato que cautivó a los presentes por su coherencia, por la facilidad con que el disertante logra hilvanar cada concepto, intercalando paréntesis para citar autores que enriquecieron su exposición.

En instalaciones de La Casa Encantada se exponía la muestra “Humor con amor se paga”, de Abel Soria, y la presencia del artista en nuestra ciudad fue motivada, además, por la presentación de dos de sus libros: “Prohibido sonreír sin permiso” y “El humor es cosa Soria” (Editorial “Planeta”).

Referencias a Washington Montañez, Serafín J. García, Orestes Araújo, Elías Regules, José María Obaldía, Osiris Rodríguez Castillo, Florencio Molina Campos, Evaristo Barrios, Estanislao Del Campo, Wenceslao Varela, Lauro Ayestarán, Santos Inzaurralde, Santiago Chalar y a Ovidio Fernández Ríos, entre otros, se entremezclaron armoniosamente en el fluido relato de Soria.

“Las artes son una manera de encontrar en el otro lo que nosotros mismos somos”, manifestó Abel Soria tras agradecer la convocatoria de La Casa Encantada. En torno a su faceta de artista plástico, indicó que “muchas personas me dicen: ‘sabía que escribías pero no que pintabas’” y que hasta hace poco tiempo contestaba: “yo tampoco sabía”. Luego de más de 40 años “sin tomar un pincel, retomé aquella vieja travesura”. En sus obras, el ámbito chacarero, en el cual nació, es el protagonista, del cual se siente parte integrante, porque, según expuso, “independientemente de los sitios en los cuales nos afinquemos, la querencia, el lugar de la infancia, el lugar de los primeros almanaques, continúa siendo el mismo”.

Identidad y pertenencia

En torno a la querencia y a su significado, desarrolló una muy interesante exposición. “La patria del hombre es la niñez”, dijo, para trazar un símil con la querencia, que “no es un lugar territorial, ni geográfico, ni físico, sino cronológico, emocional e interno”. Citó el ejemplo de una obra del fernandino Washington Montañez, quien “en un vals habla de su San Fernando, y lo recuerda a través de un toque de campana. Aún cuando esté en otro pueblo de tardecita, cuando suena el campanario de la parroquia, él cree que está otra vez en San Fernando, sencillamente porque allí lo sorprendió la primera campana que escuchó, y lo conmovió”, declaró.

“No hay ningún cantor que no le haya cantado alguna vez a la querencia”, afirmó, citando a continuación al escritor y poeta olimareño Serafín J. García, y concretamente a su obra “Tacuruses”, en la cual encuentra “una tremenda ternura, indiscutible ternura, un cariño que es impostergable, que es imposible no confesarlo y que es irreemplazable cuando está emparentado con la querencia. Y él le habla a la querencia en este poema como si la querencia estuviera oyéndolo, como si fuera un ser capacitado para la recepción auditiva. La querencia no es en este caso un ser inanimado y abstracto, sino que tiene movimientos, sentimientos y no solamente capacidad auditiva, sino que puede tener, en algún momento, la capacidad de hablar, la querencia puede contestar lo que su hijo le está confesando”, graficó.

Para Abel Soria “no hay nada tan universal, ni tan general, ni tan amplio como ese lugar aparentemente chiquito en el cual nacimos, dimos el primer tropezón y recordamos nuestro primer llanto, aunque después puedan ser muchos los llantos y los tropezones y los recuerdos” y que es ese el concepto que trata de estampar cuando pinta.

Hace 58 años se fue de Los Cerrillos, su ciudad natal, pero aquel pasado chacarero mantiene su intensidad. Las carretas, el arado tirado por bueyes -elogió el trabajo que realiza Horacio Chocho al reproducirlas con extrema precisión en miniatura-, y, volviendo el tiempo atrás, recordó la sacrificada labor de su madre en aquel medio. “Ella utilizaba una masa de carreta como pedestal para el latón de lavar la ropa, cuando se usaban aquellas tablas inclinadas a modo de tobogán, con un extremo acanalado y un marquito para poner la barra de jabón. Nosotros chiquitos, mis hermanas y yo, viendo cómo nuestra madre hacía la tarea del lavado y del enjuagado de la ropa, y aquella mano que iba y venía sobre la tabla acanalada con la barra de jabón, llevaba el ritmo de una milonga que cantaba al mismo tiempo y que era ‘Mi tapera’, del Dr. Elías Regules”. 

Radicado en San José hace mucho tiempo, Abel Soria habló de su vida en aquel departamento. Al hacer mención a los regionalismos, mencionó la obra del Mtro. José María Obaldía, así como también de Osiris Rodríguez Castillo, sobre el pago, el habla y, como hilo conductor de la charla, la querencia.

También habló del artista plástico Florencio Molina Campos, autor de los recordados almanaques de “Alpargatas”, y de los libros de Evaristo Barrios, reconociendo puntos de contacto entre ambos: “Ponen al gaucho en la consideración del paisano receptor, o del no paisano receptor también, porque muchas de esas obras están destinadas al público de la ciudad, al público ilustrado, al público de las grandes metrópolis”. Retomando a Osiris Rodríguez Castillo, recordó una conferencia por él dictada en el ciclo “Alta Corte de preguntas”, en la cual se aproximó a una definición del término tradición. “Habló que tradición viene de traer, efecto y acción de traer, traer para reproyectar, pero no para quedarse solamente con la nostalgia. Y de hecho estamos reproyectando cosas que aparecen y que pertenecieron a nuestros antecesores. Hay algo que es más tangible para nosotros”. Luego hizo mención al término folclorización, popularizado por el musicólogo e investigador Lauro Ayestarán, al manifestar que “cuando un elemento o un hecho aparentemente recién llegado se folcloriza, se hace criollo, entra a vivir con nosotros y entonces el concepto gringo ya cambia de expresión, por lo menos se va a pronunciar de una manera menos irónica y menos despectiva”, estableció en otro segmento de su intervención.


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