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CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE JUAN RULFO

En el centenario del nacimiento de Juan Rulfo, uno de los mayores escritores mexicanos y uno de los fundamentales de las letras castellanas del siglo XX, el escritor Ruben Loza Aguerrebere, quien tuviera oportunidad de conocerle en Buenos Aires, lo recuerda en este texto enviado a nuestra redacción.



Se cumple esta semana el centenario del nacimiento del ilustre escritor Juan Rulfo, un maestro de las letras castellanas. Lo recuerdo inmóvil en un rincón, pequeño, trajeado de gris, con ojos melancólicos. Se sentía cómodo de pasar inadvertido.

Juan Rulfo miraba el multitudinario ajetreo como quien mira la corriente de un río. Fumaba un cigarrillo tras otro, parsimoniosamente, rodeado de ejemplares de sus dos obras maestras de la literatura castellana, “El llano en llamas” y “Pedro Páramo”. 

Pensando en su centenario, vuelvo a verme en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, junto a él. Conversábamos, mientras mirábamos una especie de show que se montaba en un stand cercano. Y poco después fuimos hasta allí. Un escritor argentino ya olvidado, notorio en aquellos días porque había redactado uno de esos libros de moda que duran justamente un día, era el protagonista de un espectáculo casi teatral: sobre una tarima, vestido de traje verde, mecanografiaba en medio del bochinche. 

Juan Rulfo lo miró, a mi lado, sonriendo, y me dijo: “Qué hombre raro. Parece que estuviera buscando un tantito de alegría. O quien sabe qué”. No podía entender, aquella escena. Y creo que ello define el estilo de Juan Rulfo y de la obra que escribió el ilustre maestro mexicano.

Había nacido en Jalisco, el 16 de mayo de 1917, en el pueblo de San Gabriel. 

Hombre y obra se interrelacionan. Cuando apareció “El llano en llamas” (1953), mostró a un escritor que superaba el realismo con un lirismo seco y no exento de ternura. Componía en esos cuentos perfectos, los aspectos de mayor densidad de la vida.

Dos años más tarde, con “Pedro Páramo”, consolidó una personalidad mayúscula. Trataba la materia local más cercana a él con una luz nueva. Pintaba el descenso de Juan Preciado al pueblo de Comala, un mundo imaginario de ecos y voces habitado por muertos, que evocaban los miedos, la nostalgia y el dolor.

Juan Rulfo vivió modestamente, desempeñándose en una oficina de Inmigraciones y luego en un museo indigenista. Decía: “Siempre estuve en soledad. Yo platicaba y charlaba con ella. Por eso me hice escritor”. 

El prestigio de su breve obra, sólo dos libros muy breves, dio nacimiento al “boom” de las letras latinoamericanas (cuyos mosqueteros fueron García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Julio Cortázar), le permitió recorrer el mundo. Y lo hizo un escritor famoso, cosa que nunca le gustó.

Fundó su estilo literario en el pudor y la modestia, legándonos páginas que son universales, porque son regionales. Hoy, vive en ellas. 
Personalmente me queda, además, su recuerdo, su imagen menuda, melancólica, y una dedicatoria en un libro suyo donde me llamó amigo.


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